Erase una vez una aldea lejana donde se transmitía de generación en generación una leyenda sobre un héroe centauro y un amor frustrado. Según esa leyenda, muchos muchos años atrás vivía en aquella aldea un apuesto doncel que tenía fama de ser el muchacho más valiente de toda la región. Era un joven apuesto y corpulento que tenía una frondosa melena con unos hermosos rizos negros que le caían sobre sus hombros y su espalda ancha y robusta. Tenía una altura sobresaliente que le permitía mirar por encima del hombro a la mayoría de sus vecinos y amigos. Le envidiaban por su agudeza mental, su carisma para convencer y su simpatía para conquistar a todas las jovencitas. El rostro de Ferney, que así se llamaba el muchacho, no era especialmente bello pero en él destacaba la fuerza penetrante de su mirada.

De centauros y hombres

Había sido educado en el seno de una familia campesina. No obstante, su aprendizaje vital no había sido el tradicional dentro de su clase. Quizás por ello se había ido despertando en él un espíritu rebelde y combativo. Muchas veces chocaba con las costumbres arraigadas entre sus semejantes cuya actitud era con frecuencia de pasividad y sumisión ante la manipulación de los poderosos. Muchos y muchas se sentían atraídos por la fuerza que desprendía y contagiaba en otros. Esa atracción era al mismo tiempo un aliciente para él que se sentía importante al ser el instigador y partícipe de esa misión. Sabía de su poder para empujar a luchar contra las injusticias cometidas por villanos o tiranos por doquier.

Tal era la admiración que le veneraba todo el pueblo que corrían rumores sobre su naturaleza sobrehumana. En corrillos se formaban dos bandos en torno a una idea similar. Por un lado los que apoyaban la creencia de que era la reencarnación del diós Quirón y los que decían que era descendiente directo de Ulises. Estos últimos insistían en la supuesta evidencia de que llevaba una marca de nacimiento en el pecho. Esta marca sólo la poseían los descendientes del gran héroe griego Ulises, que curiosamente había sido discípulo del díos Quirón. La marca era un arco con una flecha en el lado derecho del pecho apuntando al corazón.

centauro

Las grandes luchas llaman siempre a los mejores

Así se fraguó el mito de la fuerza y carisma que el propio Ferney asumió con cierto agrado y orgullo. Nada le hacía sentir más feliz que rodearse constantemente de gente a la que inspirar o ante la que desarrollar valientes hazañas. Era de esperar que fuera el furor de las jovencitas del reino que pululaban a su alrededor ofreciendo sus regazos para el merecido descanso del guerrero. Sin embargo decían que, aún teniendo una gran propensión a los instintos animales y sexuales más naturales –probablemente debido a su íntima naturaleza heredada de centauro–, nadie jamás había oído que quisiera desposar a ninguna joven ni mostrar sentimientos más allá de los de su domada naturaleza animal. Otros decían que su propia naturaleza de semi-dios le hacía priorizar su misión en este mundo por encima de cualquier otra cosa o debilidad fruto de las emociones humanas como el enamoramiento o el romance.

A pesar de todo ello, nada hacía desistir a algunas jovencitas que querían intentar conquistar el corazón del guerrero, convencidas de que el amor todo lo podía. Creían que hasta el más valiente héroe, como le ocurriera a Ulises, deseaba en lo más profundo de sí encontrar a una mujer que reinase en su corazón para siempre. No importaba que ésta tuviera que esperarle durante veinte años, como hiciera la casta Penélope. Y así fue como una tras otra las atrevidas jovencitas solteras del reino pasaban por la agitada y aventurera vida de Ferney. La mayoría eran flores de un día que alimentaban la vitalidad del guerrero. Saciaban su necesidad de contacto humano y también de inflar su propio ego de héroe. En raras ocasiones la joven era de especial agrado para el guerrero. Y aun así al final siempre algo impedía que en el duro corazón del guerrero anidara el amor verdadero.

La fuerza que une y atrapa

Y así fue como un día se cruzaron por casualidad Ferney y Molly. Fue en una esquina de una plaza de la aldea donde acababa de tener lugar un arenga medio clandestina. Dicha arenga era una más en repulsa contra las últimas barbaridades que había decretado el tirano noble que dominaba aquellas tierras. Molly era una mujer con una gran agudeza mental y verbal complementada por una exuberante figura. Todo ello la hacía una mujer poco común, atractiva e interesante. Molly estaba casada con uno de los hombres más respetables y pacíficos de la aldea al que todos honraban. No obstante, eso no impidió que esta mujer despertara en Ferney sus instintos y deseos más animales, y viceversa. Sus encuentros eran secretos y tormentosos por la inmoralidad de su comportamiento. Mientras, ambos temían que saliera a la luz su relación. Ello dañaría la honestidad de Molly y la dignidad del leal guerrero y aun así ninguno encontraba fácil evitar el contacto.

Un día Molly se dio cuenta de que lo que sentía por Ferney era mucho más que excitación y deseo sexual. Como suele ocurrir cuando te enamoras, ella empezó a perder los papeles. Tenía siempre ganas de estar más tiempo con él, de decirle cuánto le amaba. Pensaba constantemente en él, le costaba concentrarse en la más simple tarea y empezó a imaginar un posible futuro a su lado. Molly no era ninguna necia y sabía que la naturaleza de Ferney sería un obstáculo. El ya estaba acostumbrado a ser un espíritu libre e independiente entregado a sus ideales de justicia. Sabía que lograr un futuro comun era casi imposible.

Pero la naturaleza de Molly también era la de una mujer guerrera y persistente. Eso la obligó a intentar enamorarle hasta el límite de sus fuerzas. Y así lo hizo durante un tiempo que supuso para ella pasar por las peores pruebas: superar la frustración de la duda, de la indecisión y luego del amor no correspondido, el rechazo y la desesperación. Fue una auténtica bajada a los infiernos porque la obligó a conocer lo más oscuro y lo más bello de su alma al mismo tiempo.

La gran tormenta

El final de esa odisea emocional para Molly y la rotunda negativa al compromiso amoroso de Ferney coincidió con un descubrimiento fatal. El esposo de Molly supo de su infidelidad justo la semana del estallido de una gran tormenta en la región. Era la tormenta más larga que recordaban los ancianos del lugar. Estuvo lloviendo durante seis meses sin parar salvo en algunos días donde escampaba unas horas. Las lágrimas de Molly también se secaron por fin cuando pasó la tormenta y sucedió algo que la ayudó a comprenderlo todo.

Un buen día, mientras Molly cruzaba el puente bajo el que tantas veces había esperado a Ferney, unos vecinos le informaron del rumor que ya se había confirmado. El gran guerrero Ferney había perdido sus «poderes.» Ya no podía llevar acabo aquellas hazañas guerreras por las que siempre le admiraban y recordaban. Algunos incluso decían que la lluvia persistente había hecho que se borrara la marca del arco que tenía en el pecho desde su nacimiento. Otros alegaban que esa marca había sido pintada por su madre poco después de nacer una vez la matrona le había revelado que el niño sufría de una patología inusual e incurable que le afectaría al corazón y al caminar.

La Madre había consultado con la curandera-bruja de la aldea nada más nacer Ferney. Ésta le aconsejó tatuarle en el pecho un pequeño arco con flecha apuntando al corazón. Y así lo hizo de inmediato antes de presentar al niño a la familia unos días más tarde. Fue entonces cuando se corrió el rumor de la relación con el héroe y dios griego centauro. Su madre alimentó dicho rumor con la esperanza de que el niño se dedicara a montar a caballo (para evitar andar) y al arte de la guerra.

La caída y decepción

La defenestración que sufrió Ferney no fue nada al lado de la decepción que sufrió Molly. Descubrir no sólo la debilidad humana de Ferney sino su minusvalía física y emocional fue algo que no esperaba. Sus debilidades emocionales habían quedado patentes y evidenciadas por él mismo. Poco tiempo atrás había revelado a Molly la causa de su «rechazo al amor» o «bloqueo» frente a un nuevo compromiso. Nadie sabía que una vez estuvo enamorado en secreto y en silencio de una joven. Nunca se atrevió a confesarle ni a intentar nada con ella porque estaba convencido de que no sería correspondido. Ella no le amaba de la misma manera.

Sufrió tanto por aquel desamor que su corazón quedó destrozado y las secuelas le impidieron volver a abrirse al amor. Se había acostumbrado a ser feliz sin amor gracias a sus ideales y sus luchas y la compañía de sus amantes peregrinas. Aceptaba su pérdida de prestigio y el hecho de que al dejar de montar a caballo todos verían su evidente cojera. Esta se acentuaría cada día mientras se aproximaba al ocaso de sus días.

El ocaso

Molly aprovechó su condena al ostracismo para convertirse en la nueva curandera-bruja del reino. Así puso en práctica los poderes que siempre había sabido que poseía. La luna llena guiaba sus pasos y rituales y los habitantes de la región empezaron a confiar en sus consejos siempre benefactores. Nunca más volvió a enamorarse de aquella manera tan intensa y aprendió a amarse a sí misma primero. Conoció a muchos hombres buenos que se acercaban a ella con la esperanza de poseer su inquietante naturaleza. Pero ella había aprendido a amarles de otra manera, sin dolor. Les amaba desde la hospitalidad de su cabaña donde les invitaba a entrar para compartir y disfrutar de sus conocimientos y sus caricias. En ella ya no entraban centauros para revolverlo todo, incluidos sus sentimientos.

Ferney se retiró a vivir al campo entre libros y documentos que hablaban de grandes hazañas de otros héroes. Allí aún le visitaban grupos de jóvenes que querían oírle narrar sus victorias y luchas del pasado para intentar replicarlas en el presente y futuro. El guerrero héroe semi-dios era ahora un mortal hombre maduro al que le empezaba a blanquear el pelo. Se movía y hablaba con lentitud. Estaba solo, acompañado de sus recuerdos, de sus fracasos, de sus miedos, y de su soledad, la que sería ahora su eterna compañera y amante.