Aquella noche había un eclipse parcial de luna. Siempre le había influido la luna por alguna extraña razón que desconocía realmente. El ocultamiento del astro aquella noche iba a enfatizar dicha influencia. Había investigado bastante sobre el tema pero siempre le habían dicho que eran tonterías suyas eso de que la luna influía en el estado emocional de las personas. Si
embargo, las noches de luna llena ella se sentía especialmente sensible, nerviosa y hasta alterada. Todos sus pensamientos se aceleraban, magnificaban e incluso le ahogaban, probablemente porque sus hormonas andaban más locas de la cuenta esos días. Ahora estaba en ellos. Días especiales que pasaban entre los otros días, los que vivía sin pena ni gloria sumida en esa especie de entumecimiento vital perenne que se había instalado en su interior desde hacía meses.

Yo la observaba a una distancia prudente desde un rincón de la azotea. Merodeaba entre las plantas hasta que de repente saltaba sobre la mesa o su regazo y ella se asustaba. Yo la miraba con cara de confusión y asombro a la vez. No era normal que a esas horas estuviera sentada en la terraza contemplando la luna. Pero allí estaba, como una loca mirando la luna, fumando y bebiendo y así durante largo rato. ¿A qué estaba esperando para irse a dormir? ¿Qué le pasaba? De vez en cuando cogía le móvil y se ponía a mirarlo y se enfadaba cuando yo intentaba morder el lacito que recolgaba de él. Es que no me podía aguantar porque soy gata y curiosa y me dan ganas de ir y morderlo. Así se tiraba mucho rato escribiendo algo. A saber qué.
A veces lo hacía también por las mañanas. Se levantaba y al poco se iba otra vez a la terraza con una taza de café y un cigarrillo en la mano. Se sentaba como si estuviera esperando a alguien pero en realidad la única que iba a estar con ella era yo. Yo me restregaba por sus piernas para llamar su atención. Pero es que yo no lo puedo evitar. Me gusta estar con ella desde que me encontró. Fue la única que se acercó al muro del que yo acababa de saltar y sobre el que durante un rato estuve llorando desconsolada.

Aquella noche miraba la luna fijamente, intentando encontrar sentido a todas esas preguntas sin respuesta que constantemente rondaban por su cabeza loca. Acababa de contestar por whatsapp a un amigo que le había escrito algo intranquilo.
– ¿Cómo va ese genio? – Le había preguntado él sabiendo de sus vuelos nocturnos.
– Va, que ya es algo. ¿Sabes que hoy además de luna llena hay un eclipse parcial visible?
– No. No lo sabía.
– Y ha coincidido con una buena noticia. Le han visto con otra por ahí. Dos veces. Me vendrá bien.
– Venga, tu lo puedes todo… hasta quitartelo de la cabeza.
– Todo el mundo puede cuando no te queda más remedio.
– Tu vales mucho más que….

Era curioso porque hablaban de alguien a quien supuestamente su amigo no conocía pero realmente sí que lo conocía. Ella nunca le había desvelado la identidad del hombre del que se había enamorado. No obstante, sólo de mencionar lo sucedido entre ambos, las idas y venidas, las dudas, las montañas rusas de ni contigo ni sin tí, ella estaba convencida de que era un secreto a voces que no sólo conocía su amigo sino toda la gente de su entorno. Eso la inquietaba y al mismo tiempo la consolaba. Al fin y al cabo lo más importante ahora era recuperarse y salir de la tormenta donde se
había metido.

Ya desde que llegué a la casa me di cuenta de que algo raro pasaba. Ella me acariciaba, me ponía siempre mi comida, recogía mi caca y una vez me apretó fuerte contra el pecho. Aquel día me di cuenta que los humanos lloran. Es una cosa curiosa esa de los humanos. Deben sentirse mal y no les consuela quejarse como hacemos nosotras las gatas. Aquellos primeros días la vi llorar en el WC, cuando se iba a dormir y cuando se ponía los zapatos para salir. Y en la azotea lloraba mientras fumaba y bebía café por las mañanas, lloraba mientras fumaba y bebía vino al mediodía y lloraba mientras fumaba y bebía cerveza por las noches. Yo no entendía nada. Una vez hasta la escuché llorar en la ducha. Yo me tendía a todo lo largo de la alfombrita junto a la ducha porque me gusta verla salir y de hecho a veces me empino y me asomo por el final del poyete de la ducha para verla cómo se enjabona. Ella siempre me regaña por eso. Tiene un cuerpo bonito con muchas curvas y es curioso que sólo tiene pelo en algunas partes. En general me gusta mucho tenderme a los pies o encima de la cama para mirarla cómo se viste. Y me gusta jugar con su ropa y con los cordones que a veces salen de las faldas y pantalones aunque ella muchas veces se cabrea y me baja de la cama de un manotazo.

Tenía que sacar fuerzas de donde ya no quedaban, encontrar ilusiones en un saco vacío, hacer un reseteado de su memoria emocional y sexual hasta no dejar ni rastro de los últimos dos años de su vida. Y volver a empezar.
Atrás quedarían las bajas laborales, la depresión, la llantina incontrolable contra la almohada, los duros golpes en el pecho en un intento frustrado de sacarse todos esos sentimientos de su corazón. Atrás también la espera frente a la pantalla de ese único mensaje con el que ella se ilusionaba y que él nunca llegó a enviarle. Eran sólo cuatro palabras las que jamás salieron de su teclado ni de su boca. Y también quedarían atrás las sonrisas, los pellizcos, las miradas cómplices, las mariposas en el estómago, el paso al andar cambiado a lo largo de un pasillo, las sábanas mojadas y los besos robados.
A la mierda con todo.

Aquella noche de un saltó me planté en su regazo. Estaba cansada de esperar a que se fuera a dormir de una vez. Más o menos había asumido que esa noche tendría que dormir con ella en la terraza. No me importaba mucho la verdad. Sus piernas eran lo suficiente largas para acogerme en su regazo. A
veces cuando saltaba sobre ellas protestaba porque me agarraba con las uñas y claro, le dejaba marcas en las piernas, Lo mismo por esa razón últimamente no se ponía vestidos para ir a trabajar y la escuchaba quejarse por ello cuando venían amigos a casa y ella protestaba de mi personalidad arisca. Qué risa! ¡Como si ella no lo fuera también! Yo creo que nos llevamos bien por eso. Somos muy independientes y a ella a veces le pasa lo que a mí, que quiere estar sola. Cuando está en la cama despierta me deja hacer a mi aire, siempre que no muerda el cordoncito del móvil o la funda del otro aparato, el que solo tiene letras. Ella lee todas las noches después de mirar el móvil un rato. Lo engancha a un cable y lo deja sobre la mesilla para coger luego el otro aparato, el que solo tiene letras. No sé que encontrará en ese aparato pero
puede tirarse horas sin quitarle la vista.

Era la típica historia de amor adolescente y no correspondido con la única salvedad de que ella ya no era un adolescente, Peor aún. ¿Qué sabía ella del amor a estas alturas? Ya ni se acordaba de lo que era eso acostumbrada a la vida cómoda y sin sobresaltos de una mujer madura, madre entregada, esposa complaciente, hija abnegada, compañera de trabajo siempre sonriente, capaz, triunfadora.
Un desatino. Una locura transitoria con nefastas secuelas y consecuencias hasta no se sabía cuándo. Otro amigo le había escrito aquella tarde.

– Te llegará la paz interior. Todo llega.
A la mierda la paz interior, los libros de autoayuda, las sesiones de meditación budista, los cursos de programación neurolingüística, los paseos al borde del mar, el sexo por puro sexo con extraños, las canciones de desamor de Sabina y los poemas despechados de su poetisa favorita.
Había que acabar con todo de puro cuajo. Sólo había una solución limpia y directa. La tenía al alcance de la mano. Todos los días la contemplaba y nunca se atrevía. Hace unos meses incluso llegó a contemplar las diferentes formas de llevarlo a cabo. Podríamos decir que había diferentes estrategias, instrumentos, formatos, métodos. Los había investigado todos con la intención de encontrar el que más le gustara. Ya que iba a hacerlo no quería meter la pata en la cosa más tonta.

A veces yo subía a la azotea de arriba de la casa desde donde se veían muchos pájaros. Me encantaba subir con ella a la azotea a regar las plantas y ver pasar las nubes. Muy raramente subía por la noche y yo siempre que la veía subir las escaleras iba detrás rauda y veloz y me escurría antes de que me cerrara la puerta en la cara. También me gustaba ver la luna y las estrellas en su regazo. A veces veíamos unas lucecitas pequeñitas que se movían por el cielo. Ella decía que eran aviones o satélites. Yo ni idea de lo que hablaba.

Por otro lado la consolaba saber que había mucha gente que recurría a ello sin reparos. Las estadísticas hablaban por sí solas si bien es cierto que de la mayoría no se volvía a saber. Llegados a un punto de no retorno lo de menos era el cómo así que dejó de preocuparse por los detalles y por lo que podía ser necesario o no. Iría a lo rápido. La hora difícil pásala pronto. A veces pensaba en las consecuencias y eso la paralizaba por un tiempo. Luego volvían los pensamientos en bucle, las ideas persistentes y las voces múltiples en su cabeza buscando una salida. Al final era lo mejor. Huir de todo y de todos. Quitarse de en medio de una vez por todas y recluirse en ella misma fuera de este mundo.

Una noche ella subió a la azotea y me cerró la puerta. Era muy tarde y no bajaba. Aproveché que bajó a por cerveza para escabullirme y subir a la azotea con ella. Esa noche ella estaba rara. La escuché llorar un poco por la tarde cuando llegó de la calle. Luego vi que apenas cenó y se vino a ver salir la luna como una lunática, nunca mejor dicho. Lo cierto es que la luna hoy estaba un poco rara también. Le faltaba un buen trozo pero no como siempre. De hecho la noche anterior casi estaba llena así que yo también estaba un poco confundida con el tema. Para mi sorpresa en vez de sentarse en la hamaca que tenía a mano y donde parecía haber estado sentada antes de yo subir, se sentó sobre el muro de la azotea. Yo nunca he subido hasta ahí porque está bastante alto para mí que aun soy una gata joven pero tengo curiosidad por saber qué hay al otro lado. Sé que por aquí cerca hay un gato porque a veces lo escucho de lejos, pero no muy lejos. Me ilusiona pensar que algún día podré conocerlo y hacer amigos, o algo más, quien sabe.

La noche estaba preciosa. El eclipse lunar ya casi había pasado y volvía a lucir la luna llena radiante como irrigando las fuerzas que a ella ya le faltaban. Estaba cansada. Todos los proyectos más inmediatos que la habían entretenido en los últimos días y semanas ahora perdían toda la importancia. A la mierda con todos los proyectos. Solo había uno que ahora le importaba. Sentirsebien y para siempre. Misión “YO” pero ¿cómo? Ante sí se abrían dos caminos muy claros y complementarios: renunciar a ser lo que había sido para siempre y pasar a otra dimensión del yo. Aunque lo había planeado y visualizado en las última semanas aún tenía muchas dudas. ¿Sería capaz de hacerlo? ¿Borrón y cuenta nueva o solo borrón? ¿Dejar una carta de despedida o escribir una nueva historia?

La verdad es que no me gustó la idea de que se sentara al borde el muro porque claro, ¿Ahora que hacía yo? Quería saltar en su regazo pero eso era muy alto para mí. Me quedé esperándola a su lado junto al murete. Empecé a a maullar pero creo que no me escuchaba o no me prestaba atención. No me gustaba nada esta situación porque ella no dejaba de mirar al frente y debajo ¿Qué había debajo y frente a ella? Al final iba a tener que armarme de valor y saltar junto a ella aunque estuve calculando las distancias y dudando de mis fuerzas. Lo único claro es que tenía que intentarlo porque ella no se bajaba de murete.

¿Qué fácil sería dejarse llevar y encontrar la paz interior de la que hablaban todos y que ella identificaba con huir y vivir para siempre en sueños donde ella decidía qué ocurría. Esa idea la seducía mientras cerraba los ojos y sentía la brisa que llegaba ahora del mar. Olía a mar y le ayudaba a visualizar el vaivén de las olas, la atracción de las corrientes marinas que te empujan mar
adentro. De repente se asustó al sentir las uñas de su gata clavadas en su piel mientras se agarraba para no caer al vació que había delante de ellas. La agarró y la miró sorprendida y sonriente. ¡Loca! ¡Has estado a punto de perder la vida! Aunque tu tienes varias vidas. Yo solo una.

Ni en mis peores sueños gatunos podía yo imaginar que frente a nosotras estaba la calle, allí abajo, muy lejos. Y si no fuera porque me agarré y me agarró bien fuerte no sé que habría sido de nosotras. Lo bueno fue que conseguí que se bajara de allí aunque aquella noche me tuvo casi toda la noche en vela. Cuando bajamos se sentó frente al ordenador a escribir sin parar y yo no tuve más remedio que echarme en la alfombra junto a sus pies enroscada intentando imaginar que escribió aquella noche, y todas las siguientes, como una loca.

eclipse parcial