Blanche y el deseo

Huida hacia la piel,
Refugio ante la locura,
Elixir de la vida,
Antídoto contra el tiempo inexorable,
Impostor deseado de amores truncados 
Que se reencarnan en sábanas ajenas,
Calientes y húmedas.
Un rostro que se esconde
Bajo una luz tenue,
Que penetra corazas relucientes.
Discurso imaginario de
Palabras hechas carne
Que retumban en el vacío. 
Salvavidas en una marejada continua
Que amenaza con ahogar
Gemidos al ritmo de la sangre. 
Tortura y penitencia
Por el ansia desmedida
De romper cadenas de papel. 
Sacrificio de las horas
Que se escapan con cada luna llena
Hacia una noche infinita.
Demencia juvenil vestida de noche
Sobre tacones que marcan
La melodía de sus caderas. 
Blanche no quiere que el tranvía se detenga.
She had «always depended on
the kindness of strangers».


Violencia contra la mujer perdida
Stanley Kowalski, el cuñado de Blanche, choca contra ella desde el principio. Esta mujer representa unos valores y tiene una serie de características que a Stanley le resultan extrañas, extravagantes y, de cierta manera, elitistas. Elia Kazan, inmigrante como Kowalski, refuerza este espíritu en la película: el del rechazo, el del menosprecio. Stanley se siente insultado por Blanche y se defiende con uñas y dientes. Este personaje, además, está marcado por un carácter violento que horroriza a Blanche. Pero Stella parece feliz conviviendo con un hombre que cede a sus impulsos violentos y, de hecho, los romantiza y erotiza.
El problema real comienza cuando Stanley investiga sobre el pasado de su cuñada. A medida que van apareciendo detalles turbios sobre ella, la reputación de Blanche va decayendo. La idea de sí misma que ha creado para los demás queda dañada, ya no resulta creíble, a pesar de que trata de interpretar ese papel hasta el final. Es esa destrucción de su reputación la que, de cierta forma, desencadena el suceso que termina con la cordura de Blanche: Stanley la viola tras la famosa escena de la botella rota.

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