La naturaleza del amor y el amor puro como retirada y distancia fue objeto de la reflexión de una mujer filósofa sobresaliente del siglo pasado: Simone Weil. La filósofa francesa, nacida en París en 1909, ingresó con 19 años y la calificación más alta, seguida por Simone de Beauvoir, a la prestigiosa École Normale Supériure de París.  Siempre estuvo involucrada en la lucha. En sus comienzos en la lucha sindical. Ella misma dejó la docencia para ser obrera en Renault y también trabajó en el campo. Aunque murió muy joven (34 años) escribió muchísimo aunque solo se publicaron su escritos tras su muerte. Pacifista radical, luego sindicalista revolucionaria, finalmente llegó a pensar que solo era posible un reformismo revolucionario.

Antiestalinista, participó desde 1932 en el Círculo comunista democrático y en la huelga general de 1936. Militó apasionadamente por un pacifismo intransigente pero, al mismo tiempo, formó parte de la columna Durruti en España durante la guerra civil aunque la experiencia le resultó dura y decepcionante. Todas sus obras aparecieron después de su muerte. Desde entonces, ha atraído la atención creciente de literatos, filósofos, teólogos, sociólogos y lectores. Albert Camus, uno de sus editores y amigo, admiró su obra y la describió en 1951 como «el único gran espíritu de nuestro tiempo».​ T.S. Eliot dijo que la obra de Simone Weil pertenecía a ese género de «prolegómenos de la política, libros que los políticos rara vez leen, y que tampoco podrían comprender y aplicar».

La idea del amor como entrega y retirada de una filósofa anarquista en la columna Durruti

Según Manuel Arranz tres palabras definen su pensamiento: justicia, verdad y amor. Simone Weil es uno de esos casos, raros en la historia, en que la obra y la vida están a una misma altura. “Nadie ha acordado de manera más heroica sus actos con sus ideas”. Simone Weil no comulga con ninguna corriente filosófica anterior, el suyo es un pensamiento asistemático, original, comprometido, arriesgado, valiente. No le importaron ni Nietzsche, ni Freud, ni Heidegger, a los que ignoró soberanamente, pero bebe en cambio de Marx y de Platón, a los que se sabía prácticamente de memoria. Estas son algunas de sus frases y apuntes sobre el amor:

Citas de amor, verdad y libertad

«El amor tiene necesidad de realidad. ¿Hay algo más tremendo que descubrir un día que se ama a un ser imaginario a través de una apariencia corporal? Es mucho más tremendo que la muerte, porque la muerte no impide al amado haberlo sido. Ese es el castigo consistente en haber alimentado al amor con la imaginación».

Amar puramente es consentir en la distancia, es adorar la distancia entre uno y lo que se ama».

«Es un error desear ser comprendido antes de explicarse uno ante sí mismo».

«No dejes encarcelarte por ningún afecto. Preserva tu soledad. Si alguna vez ocurre que se te ofrezca un afecto verdadero, aquél día no habrá oposición entre la soledad interior y la amistad, sino al contrario. Precisamente lo reconocerás por ese indicio infalible».

» El amor puro es esa fuerza activa, el amor que no quiere, a ningún precio, en ningún caso, ni la mentira ni el error. «


Amar es ir en contra de uno/a mismo/a

Simone Weil sostenía que el ser humano, por naturaleza, busca expandirse, crecer. Por eso lo que hacemos está estructurado a partir de la lógica de la economía. Menos en el amor. Según Weil, cuando se ama verdaderamente, se va en contra de uno mismo. Según Darío Sztajnszrajber  es en este sentido que el amor es antinatural, casi religioso. «Es un acto que rompe toda lógica, toda economía. El amor se convierte en entrega, en renuncia, en retirada. Obviamente, también hay amores atravesados por la racionalidad de la ganancia, cuyo propósito no se diferencia de cualquier otra acción o vínculo pensados en términos acumulativos o de ganancia personal: «me conviene esta persona»; » hacemos un gran equipo…». Pero el otro es amor de verdad, con mayúsculas. De hecho Simone Weil dice que el amor humano se asemeja al posible amor divino que, siendo y pudiéndolo todo, crea el mundo yendo en contra de sí mismo cuando decide crear el mundo.

¿Amor como ágape y pérdida?

Pudiéramos ver un reflejo de este amor como retirada que va contra el propio sujeto en el amor del padre o madre hacia los hijos ya que con frecuencia éstos van incluso en contra de sí mismos, de sus deseos hacia el hijo/a dejándoles que sean ellos/as y no meras proyecciones del padre/madre en su descendencia. Es el segundo concepto del amor griego (La diferencia entre los tres amores eros-philia-ágape está muy pedagógicamente desarrollada por un divulgador de la filosofía francés, llamado André Comte-Sponville, en el libro Ni el sexo, ni la muerte).

Ágape es un amor que da. No es realmente un sacrificio ya que este no deja de ser una cuestión individual y hasta egoísta en algún punto, pero va por ahí. Es el amor en tanto entrega. La prioridad infinita del otro. Nunca la prevalencia de la realización personal. Te doy lo que incluso, por dártelo, me vacía. Es pensar al amor como pérdida y no como ganancia. No gano nada dándote; todo lo contrario: empiezo a perder. Me despojo, me desapropio, me mutilo. Es pérdida y en un punto es también dolor, porque lo que duele es la pérdida del yo. Tan acostumbrados estamos a priorizarnos a nosotros mismos que toda práctica que suponga un desensimismamiento solo puede ser experimentada desde el dolor, desde la pérdida.

El amor como retirada

Me retiro para que el otro sea. El ser del otro puede expandirse, desplegarse, en la medida en que yo, más poderoso, lo habilito, le doy lugar. El amor, así, iría en contra de toda propensión de expansión de poder. Raro, no? Hay una decisión de retirarse, de renunciar a una ganancia propia que puede ir desde empujar al hijo/a que logre lo que su padre/madre no pudo hasta conseguir la compañía, atención y cuidados de la pareja amada. Renunciar es un acto de amor supremo. Mucho más cuando en la pareja queda clara la debilidad del que ama profundamente y de verdad hasta el punto de sufrir lo que podría considerarse una patología mental: locura de amor. Pero la decisión de renunciar o retirarse no suele ser consciente. Es un acto de amor.

Es casi un amor que va en contra de nuestra naturaleza y, por eso, tiene algo de excepcional, de extraordinario, de locura, de anormalidad. Se establece así una prioridad del otro, pero sobre todo, hay una pérdida del yo. No hay posesión de la pareja, sino entrega. Se la quita de la lógica de la ganancia. En definitiva, se pierde para que el otro sea… Simone Weil dice algo así como que lo natural para el ser humano es (nietzscheanamente hablando) la voluntad de poder. Voluntad de poder no significa joder al otro sino expandirme en lo que soy, en lo que pienso, en lo que deseo. Todo el tiempo nos estamos expandiendo, afirmando en lo que somos; salvo en el amor. Si es amor como retracción, obviamente; si es amor como expansión, seguimos atados a lo mismo. Pero si es amor como retracción, hay un corte, una interrupción de mi propensión a expandirme: voy en contra de mí mismo para que el otro sea. Eso sería ágape.

Amar es adorar la distancia con lo que se ama

Según Weil en la humanidad se unen los dos contrarios que desgarran el amor humano: «amar al ser amado tal como es, y querer volverlo a crear….» El amor puro y el amor imaginario. «Estamos atados con una cuerda a todo cuanto es objeto de afecto, pero una cuerda siempre se puede cortar. … El amor tiene necesidad de realidad. ¿Hay algo más tremendo que descubrir un día que se ama a un ser imaginario a través de una apariencia corporal? Es mucho más tremendo que la muerte, porque la muerte no impide al amado haberlo sido. Ése es el castigo por el crimen consistente en haber alimentado al amor con la imaginación…. Todo cuanto es vil y mediocre en nosotros se rebela contra la pureza, y tiene necesidad de mancillar esa pureza para salvar su vida. Mancillar es modificar, es tocar. Lo bello es lo que no cabe querer cambiar. Dominar es manchar. Poseer es manchar. Amar puramente es consentir en la distancia, es adorar la distancia entre uno y lo qué se ama.»

Saber amar es ser capaz de reconocer la existencia de lo que no somos nosotros

El ser humano necesita descubrir al otro/a para reconocerse y saber quién es. El amor se asocia así con una extraña humildad, que es la distancia que observa Weil. Sólo desde esa distancia que renuncia a la fuerza y la fusión, podemos ver al otro como una existencia en sí misma y como tal, respetarla. El espacio hace posible la luz y la atracción, el deseo y el encuentro, la libertad y el vínculo, al mismo tiempo.

La idealización no sólo supone una negación de la realidad, sino un ensimismamiento del deseo: amamos en el extraño/a únicamente sus valores más altos y no su naufragio ni sus llagas ni su miseria. Nos creemos puros/as y, por tanto, adoramos la punzante irrealidad de la perfección. Y entonces nos perdemos, confundiendo las palabras, los afectos, los ecos del ser humano en el otro ser humano. Y no somos capaces de percibir en el amor lo verdaderamente inolvidable, aquello que no puede ser olvidado porque repercute en nosotros como un desgarro del corazón. El amor sería distancia, retirada, debilidad y gratitud.