Otra noche más la luna la encontró llorando desesperada y llena de sentimientos que la atormentaban.  Ni ella misma podía  entender como su relación con él había desembocado en aquella situación de sumisión absoluta. Cuando intentaba encontrar razones sentía frustración al comprobar que no era cuestión de estética ni de porte; el no era para tanto pero aun así ella se había convertido en su esclava física y mentalmente.  Lo que había comenzado como un simple coqueteo,  un juego de seducción, un sentirse una mujer liberada que decide lo que quiere y cuando quiere aunque la sociedad entera lo considere algo prohibido, se había convertido en una trampa. Ella estaba acostumbrada a desear y conseguir lo que quería para desprenderse más tarde sin más reparo  hasta que le conoció a él.  Al principio ella no le dio importancia y menospreció su poder de seducción hasta que sin darse cuenta se vio arrastrada a una relación destructiva en la que él la incitaba a tener encuentros cada vez más asiduos. 

Poco a poco fue sucumbiendo al deseo irrefrenable que emanaba desde lo más íntimo de su cuerpo.  Era verle e inmediatamente sentir la imperiosa necesidad de introducir primero esa parte más delicada en su boca. Adoraba la sensación de sentir como su boca se hinchaba y llenaba de él para momentos más tarde sentirse llena hasta la entrañas.  A ella le gustaba y era incapaz de frenarle cuando él la penetraba una y otra vez y cambiaba el ritmo de entrada y salida dependiendo de la ansiedad y las ganas que ella mostrara. Ella cerraba los ojos como si así le sintiera mejor mientras se deslizaba dentro de ella.  Ella intentaba retenerle dentro a veces para liberarlo después. Entonces ella admitía su sumisión y aunque sabía que aquello la estaba matando y acabaría tarde o temprano destrozándola por dentro,  el deseo era demasiado y el ansia del momento la hacia olvidar todas las promesas que se hacía constantemente.

Con frecuencia se sentía avergonzada cuando mentía a su marido y a sus hijos para estar con él. Era una mala madre y esposa dominada por unos sentimientos que de no controlar podían incluso suponer la desaparición  de sus vidas.  Cualquier excusa era buena para encontrarse con él: quedar para un café con amigos,  ir de compras e incluso ir a hacer ejercicio.  Cualquier pausa en el trabajo él la aprovechaba para rozarla o buscar sus labios a escondidas. Cualquier  momento era suficiente para ella tomar una dosis de su  olor y vibrar con su calor.  Era una mujer fuerte y valiente. Si se había enfrentado con situaciones duras anteriormente ¿por qué no iba a poder dominar la situación y alejarse de el?  Ella Solita se había metido en este jardín y sola sabía que tendría que salir.  Nadie podía hacerlo por ella aunque en momentos hubiera pensado en la posibilidad de buscar ayuda psicológica.  La adicción y el deseo eran parte de ella y esa batalla tendría que librarla sola.

Un día se lo confesó:  No podía vivir sin él y aquello la estaba matando. Aunque se muriera de ganas por estar con él tenía que alejarse por su propio bien e incluso ignorarlo cuando él estuviera presente estando con los de la oficina. Lo había decidido y aun así no pudo evitar sentir el deseo después de haberle asegurado que no habría marcha atrás.  Pero la había. Y en cada marcha atrás ella se sentía más desolada y despojada de autoestima.  No era capaz de controlar sus sentimientos  y eso la torturaba noche y día. Después de uno de aquellos intentos se juró  a si misma que esa sería la última vez,  que nunca más volvería a rendirse al deseo, a sentirse presa y sometida,  al tabaco.


La adicción siempre lleva a consecuencias totalmente dañinas. Al principio está la novedad, el momento de subida. Aquello a lo que somos adictos nos proporciona nuevas sensaciones placenteras. Pero una vez desarrollamos ese hábito, la adicción se volverá altamente nociva. Cada vez tendremos que consumir más para tener la misma sensación placentera del principio. Es un círculo vicioso difícil de dejar atrás.

La adicción al amor

La adicción al amor

En la adicción al amor, como ocurre con todas las adicciones (ya sea ésta a sustancias o hábitos), la persona adicta dirigirá todos sus esfuerzos y su tiempo a “amar” a la persona que es objeto de su adicción. Este tipo de personas, valorarán el amor hacia la otra persona, incluso por encima de sí mismo/a. Su idealización por el ser amado le llevará a padecer diversas obsesiones. El comportamiento adictivo hace que la persona llegue a descuidarse a sí mismo y a sus necesidades, llegando a dejar a un lado aspectos importantes de sus vidas, y su bienestar, así como sus demás relaciones sociales y familiares. Es como ser un yonqui del amor.

El objeto principal de la fantasía de un adicto al amor son las expectativas que éste tiene al hecho de que la persona amada, conseguirá aliviarle de todos sus problemas. Es decir, que el amor le cuide y le proteja de todo lo malo que pueda aparecer en su vida.  Cuando estas perspectivas no se llegan a cumplir, la persona adicta puede llegar a sentirse resentido, creándose conflictos dentro de la propia relación, y con la relación con los demás. Cuando alguien padece una adicción al amor, se involucra en ello en cuerpo y alma. Y por tanto su salud mental y emocional se ve seriamente resentida si no se busca ayuda de inmediato. Necesita desconexión total.


  1. ¿En qué medida la adicción a sustancias como el tabaco, el alcohol o las drogas puede ser semejante a la adicción a una persona o al amor?
  2. ¿Has tratado alguna vez de poner un límite a actividades que sabías que no eran buenas para tí? ¿Cómo te has sentido?
  3. ¿Te ha resultado difícil dejar de hacerlo o dejar de ver a una persona que no te hacía bien?